Hace un par de entradas (porque, sépanlo, en el mundo blogger el tiempo se mide en entradas o posts) confesé mis problemas mascoteriles y cómo me autoprovoqué la fobia a las arañas. También conté que quedaba pendiente un asunto de ratones... He aquí:
Al terminar la primaria, una compañera me regaló una mascota. Hamster? No. Cobayo? Tampoco: una rata de laboratorio. Una lauchita. Simpática e inofensiva como ésta:
Yo no tenía entonces un lugar en donde pudiera hacerla sentir 'cómoda', pero le armé una caja re agradable para que se amoldara hasta conseguir una buena pecera con la ruedita para hacer ejercicio.
La primera noche desperté a las 3AM con la ratita caminando por la mesa. Por entonces, yo no tenía idea que saltaban y trepaban tanto como para escaparse de su hogar.
A los pocos días me regalaron la pecera con la ruedita. Y a las semanas, pensé:
-Pobre ratita, no tiene con quién jugar. Le voy a comprar una novia.
Le compré, entonces, una hembrita para que pudiera hacer de las suyas. Y a los pocos días, las 'suyas' fueron 14 crías, pequeños deditos sin pelos y con los ojos cerrados, espantosas criaturas del señor, que al crecer fueron primero como tampones saltarines, hasta convertirse en diminutas bestias hambrientas. Aun así, éramos felices: jugaba con ellas, las acariciaba, las agarraba de la cola o de la pielcita que está detrás del cuello... Una familia Flanders.
A las semanas, pensé:
-Son todas iguales, es medio un embole. Me voy a comprar una negra.
Y fui a comprar una ratita negra.
A los pocos meses tenía más de 40 ratitas blancas, negras, grises y con manchitas, en dos peceras en una biblioteca amurada a la pared, arriba de mi cama. Mamá no lo podía creer, pero no se quejaba: Jotita era responsable, limpio, cuidaba de sus mascotas y les cambiaba el aserrín cotidianamente. Y era feliz.
Pero todo tiene un final, todo termina. Y Jotita -ya en tercera persona, porque no me hago cargo de lo que sigue- solía abandonar todo lo que empezaba.
Jotita se cansó un poco de tantas ratas, de tantos cuidados, y las ratitas empezaron a morir. Para evitar nuevos nacimientos, separó nenes de nenas y los puso en peceras diferentes: si la quieren pasar bien, sean homosexuales, soy híper abierto, pero nada de tener más hijos.
Meses después, quedaban menos (las ratitas no tienen siete vidas, como los gatos), pero muchas para lo que Jotita quería, así que llevó unas cuantas al acuario en donde las vendían.
Y le quedaron dos. Blanquitas, como las del principio.
Una mañana, Jotita despertó y encontró una de las ratas dando vueltas por la biblioteca y otra ausente sin aviso. Después de mucho buscar, la encontró caminando por el pasillo y, al querer atraparla, casi la aplasta contra la pared. Murió, renga, pocos días después.
Al tiempo, la otra también se escapó. Y Jotita y su madre, después de mucho buscar, la encontraron dando vueltas por la cocina. Cuando estaba arrinconada, Jotita se agachó para agarrarla y la ratita se le metió por la manga del buzo. Jotita saltó, gritó, sacudió su brazo hasta que la ratita cayó y se escurrió por debajo del bajo mesada. Y nunca más apareció. Mamá Jota puso veneno para ratones, sacó ollas y alimentos del bajo mesada, pero nada. Había desaparecido.
Jotita soñó con que la rata reaparecía dentro del sachet de leche, del paquete de polenta o de la caja amariiiilla del arroz Gallo Oro. Se despertó varias noches sobresaltado, nervioso por la aparición umbría de semejante horripilancia.
Y desde entonces, también, se agarró esa fobia. Una más. Porque se imagina levantándose una mañana con esta imagen delante de sus ojos...