Hace un par de meses, cuando leí en el diario la noticia, un poco me alegré. Mi única experiencia con esas cadenas había sido en Canadá, y había disfrutado mucho: desayunos baratos y ricos, variedades de cafés, aditivos a gusto. Allá, como los McDonalds, el Starbucks no es un lujo ni algo de gente cool. Es una tienda simple para cosas simples. Pasás, tomás algo, te vas. Desayunás, charlás con tu compañero y te vas. Te atienden rápido. Te vas rápido. Aunque si te gusta el lugar, si necesitás quedarte, podés hacerlo: es un lugar en algunos casos tranquilo (obviamente no en los centros más movidos de las ciudades), que hasta puede contar con mesas en la calle, al aire libre, como la imagen demuestra.
Insisto: cuando me enteré de la inauguración en Buenos Aires, un poco me alegré. Cuando me enteré que el lugar elegido era el Alto Palermo, un poco me fastidié, a pesar de que lo consideré lógico. Y cuando pasé el otro día, enloquecí. Definitivamente, enloquecí. El furor por lo importado, por lo extranjero, por lo norteamericano y holliwoodense me enferma. Me indigna.
Qué hace toda esa gente amuchada en la barra del lugar, esperando ser atendida para gastar, promediemos, unos 15 pesos para tomar un café con algo que no es, reconozcámoslo, una exquisita y suculenta porción de torta casera? Son felices esos -en su mayoría- adolescentes que se amontonan, se apretujan, se estorban, se retuercen para sacar los billetes de sus bolsillos? Son felices esos empleados o cobran migajas, como en los McDonalds? Son o se hacen?
De más está decir que no tomé mi café en ese lugar. Pero no me siento un perdedor por eso: es la primera vez en la vida del Manual de Perdedores que los perdedores -al menos para mí- están del otro lado.
