31/5/08

Son perdedores (II)

  • Los que hacen la cola en el cine cuando tienen entradas numeradas
  • Los que llaman Osvaldo a Laport, Pablo a Echarri, Dolores a Barreiro o Román a Riquelme como si los conocieran (gracias, Ale)
  • Los que se ponen tristes (tristes de verdad) porque pierde su equipo de fútbol
  • Los que cuentan su vida en el nik del messenger: ”Sali a cine despues a lo de chucho y me encuentro con la chicas” o “mañana me voy de vacaciones!” o “chicas nos vemos en el abasto a las 12!!”
  • Las minas que mandan foto a www.minutouno.com para ser la chica M1 (?). Sí, eso existe...

30/5/08

La boca del lobo



Nunca, pero nunca (me abandoooones cariñito) me había dolido el hombro. Hasta este año. Por el tenis, claro, otro deporte de riesgo que adopté después de dejar el (Cruz diablo!) fútbol.
Fuerte dolor, pinchazo al sacar. Hombro de tenista? “Es el codo de tenista, imbécil”, me avisparon. Fui al médico.
“Y... mirá, no parece nada serio a simple vista, pero tenés que hacerte una resonancia. La placa no te va a servir para nada. Cuando tengas los resultados, vení a ver al doctor Ranaleta, que es el especialista en hombros”, me dijo el traumatólogo.
Buenísimo!! Una resonancia!! Nunca me había hecho.
Saqué turno. Les pregunté a algunos compañeros cómo era. Fui confiado. Y fui con V, que me acompañó.
No había nadie adelante cuando llegué. Al rato aparecieron dos personas, a las que llamaron antes que a mí. Me fui a quejar. A los 10 minutos, me nombraron.
Entré a la sala y vi la máquina infernal. Un tubo, un túnel, con una camilla abajo. Empecé a temblar. “Acostate acá, relajate, no dura mucho”, me dijo el especialista. “Cuánto es no mucho?”, consulté. “Veinte minutos”.
Mierda.
Me acosté. Me puso una faja a la altura del hombro. Se fue. La camilla empezó a moverse y mi cabeza empezó a quedar dentro de ese túnel del terror. Temblé más estrepitosamente. “Tranquilo, tranquilo. Cerrá los ojos, dormite, pasa rápido”, me dije a mí mismo. Cerré los ojos. Los abrí sobresaltado, sudando.
El especialista desapareció detrás de una puerta. Vi su cabeza tras un vidrio, una especie de ventana, la sala de máquinas, digamos. Comencé a desesperarme, a sentir pánico. Me sentí enterrado en una tumba, para decirlo claramente.
“Doctor, doctor”, llamé sin querer hacer un escándalo.
“Doctor???”, insistí.
Comencé a moverme, a tratar de salir para abajo. Costaba. Cogoteaba a ver si veía algo, si me calmaba algo.
La máquina empezó a hacer ruido.
“Doctor!!!???”, grité.
Nada.
La desesperación me hacía transpirar, temblar, todos los ar.
“Eh, flaco!! Flaco!!! Ehhh!!!”, insistí.
Chiflé.
Nada.
“Doctor!!! Flaco, eeeeeyyy!!!!”, grité, chiflé, estaba como loco.
Se acabó el ruido, apareció el especialista. “Qué paso?”.
“Sacame de acá, sacame de acáaaa!!!”, rogué.
Apretó el botón de la felicidad y me sacó. Yo temblaba.
“No, no... eso es terrible... No se puede hacer eso, estoy temblando. Mirá cómo estoy?”, le dije.
“Tenés claustrofobia?”, me preguntó.
“Hasta hoy, no”.
“Muchos se dan cuenta en la resonancia...”
“Ya veo por qué”
“Te pasa lo mismo en ascensores?”
“No, nunca”
“En baños de avión, cuartos pequeños, cuando te tapás hasta la cabeza?”
“No, nunca! Mirá cómo estoy?”
“Bueno, tranquilo, esperá que pase y probamos de nuevo”.
“Vos estás loco? Ahí no me meto nunca más. Que me corten el hombro”.
Huí. Estuve temblando durante media hora. Soñé con eso un par de noches.
Saqué turno en otro centro porque tenían máquina de resonancia “abierta”. Le expliqué al especialista II de mi problema. “Si te pasa algo, tocás este botón y vengo enseguida”, me calmó. “Qué significa enseguida?’, pregunté. “30 segundos”, aseguró. No pude.
“No, mirá… dejá. No puedo, ya me siento mal”, dije apenas me acosté debajo del círculo de la infelicidad.
Me explicó que una manera es clavándome rivotril o algo parecido. O que me duerman: sedación.
Pasaron más de dos meses, no me hice la resonancia. Ni loco entro en esa cueva, ni dormido, ni mamado, ni fumado, ni muerto. Que me corten el hombro.

29/5/08

Pie grande

Tengo un problema (varios, pero vayamos al de hoy): nunca estoy contento con el par de zapatillas que me compro. No puedo elegir. Me cuesta. Nada me queda bien. Soy medio chueco, si me paro "derecho" las patitas me quedan abiertas hacia afuera, como si fuera un pinguino. Y creo que tengo un pie más grande que el otro, pero no a lo largo, sino a lo ancho. Eso me complica para comprar.
Entonces...
Una vez me compré unas Topper de lona "reforzadas", que se llaman reforzadas porque tienen un poco más de aguante y una plantilla apenas más acolchonada, pero sobre todo para tener una excusa para que salgan más caras que las comunes. Calzo 41 y medio. Las 41 me quedan chicas. Las 42 me quedan grandes.
"Se estiran", me dijo el vendedor. Me llevé las 41. Las usé una vez, me salieron ampollas. Las usé otra vez, se me rompieron las ampollas. No las usé una tercera vez: las regalé.

Otra vez me compré, en un outlet de La Boca, unas Topper de lona tipo botita. Al día siguiente me pregunté por qué mierda me compré esas zapatillas si eran francamente horribles, azules, altas, parecía una nena. Pero ése no era el problema (ni el precio, eran realmente torabas). El número, otra vez, no era el exacto. Me ajustaban, me dolían, me molestaban. Hice el esfuerzo: las usé muchos días estando en casa, para que se estiraran. No hubo caso. Las regalé.

No conforme, busqué unas zapas para ir a correr al parque (en realidad, a caminar, pero me daba verguenza). Descartadas las Nike por su precio y su estilo psicodélico-moderno-soyfashion-tengozapascaras, hurgué por todos los locales de Palermo Horse y me decidí, finalmente, por unas Reebok azules con plateado, bastante horribles, pero eran sólo para ir a correr. Me las probé. "Me ajustan un poco", dije. Sabía la respuesta. Le creí. Durante seis meses me dolieron tanto los pies que dejé de ir a correr (o caminar) para no sufrir más. Después, increíblemente, cedieron. O se me achicaron los pies.

El año pasado viví otro episodio. Me compré unas zapatillas preciosas, Adidas, marrones con las tiritas blancas. Divinas. Caras. Las 42 me quedaban como una lancha; las 41, un poco ajustadas. "Se estiran", me dijo la vendedora. Como soy medio pelotudo, le volví a creer. No se estiraron una mierda. Ampollas, dolores, más ampollas. Las llevé al zapatero, me estiró la horma. No hubo caso. Las llevé de nuevo. Ahora, a regañadientes, se pueden usar.

Para no repetir mi idiotez, al toque me compré otras adidas, feas, bien feas, azules con las rayitas medio verdes flúo. Me probé las 41. "Se estiran", me dijo el vendedor de humo. "Essssta", pensé. "Me llevo las 42", le respondí. Me bailan por un sueño las muy turras. Las dejé de usar, las tengo en el placard.

Después de eso, viajé a Canadá. En una baratija, encontré unas Topper que no me gustan pero estaban regaladas y me quedan como si fueran hechas para mí. Al día siguiente, en otro ofertón, encontré unas Adidas, una bicoca. Las 41 me quedaban justas. Las grandes, amplias. Me llevé las grandes. También las uso poco.

Así las cosas, tengo ocho pares de zapatillas y siempre, aunque son medio feuchas, uso las mismas. Siempre. Pero me quedan joya.

28/5/08

Preguntas (III)

  • Por qué uno siempre pisa la baldosa que tiene aguita abajo y te va a mojar?
  • Cómo es posible que siempre tenga ganas de ir al baño cuando estoy esperando el ascensor?
  • Soy el único boludo al que “el afiladoooor” le toca el timbre los sábados a las 9 de la mañana?

De turno

Soy un lechón. Así de simple, fácil. Hay que reconocerlo. Me gusta tanto comer, pero taaaanto, que no puedo evitar sentirme un chancho o similar. Podría contar muchas cosas: la vez que me comí 13 empanadas y media del Noble Repulgue (en la misma comida, no a lo largo del día; sólo a la noche, antes de ir a dormir); el año que pasé deglutiendo conitos de dulce de leche y/o alfajores después de cada almuerzo (no uno, ni dos: un cuarto o medio kilo); la bolsa de palitos de la selva que terminamos en un par de dias con Pablo, en Gesell; la noche del panqueque salado, después el dulce y finalmente la hamburguesa, en Carlitos… Hay cientas, quizás miles. Pero no tienen el desenlace perdedor. No soy obeso, no tengo tapadas las arterias, ni problemas con el colesterol (lo único que me faltaría).
Por eso, debo recordar otra historia: la tarde del fondue de chocolate en Elche.

Estábamos todos los que estábamos allá, en España, casi todos de paseo. Estábamos la Negra, que nos recibió a todos en su depto, Eli, Marie, Nano, Diego y yo. Decidimos ir a merendar. “A Valor, el mejor lugar para comer fondue”, avisó la Negra. Teníamos claro algo: íbamos a comer fondue.

Y para tomar? Nano: café con leche. Diego: café con leche. La Negra: té. Marie: té. Eli: café con leche. Jota??
Jota se pidió un chocolate caliente.
O sea: chocolate caliente + fondue de chocolate = muerte.
Muerte.
Pero no para alguien acostumbrado a comerse seis alfajores como si fueran canapés de queso blanco, no?
No?
Terminé intacto el chocolate. Terminé las frutas de la fondue. Terminé, a cucharadas, el chocolate de la fondue. Terminé feliz. “Sos un animal”, recitaron a coro.
Esa noche, decidimos ir a cenar y pasear por Alicante. Nano, Diego y yo, después de la comilona, nos íbamos a separar del grupo para ir de parranda.
Cenamos. En medio de la comida tuve una necesidad. Urgente necesidad.
Pasaron los minutos.
Dentro del cuadratín, yo sudaba aceite de tiburón mezclado con cáncer de colon.
En la mesa, todos se preguntaban qué me estaba pasando. Terminaron de comer. Pagaron. Salieron. Nano fue a ver si vivía.
“Ya salgo, ya salgo. Algo me cayó mal”.
Algo? El fondue de chocolate con el chocolate caliente, imbécil!
Estuve no menos de media hora en ese horrible baño público. Comí casi nada. Bajé un par de kilos.
Salimos. Paseamos. Nos sacamos fotos.
“Bueno, nosotras nos vamos”, avisaron las chicas. “Voy con ustedes”, me sumé.
(?)
“Me siento mal… No puedo salir, me duele la vida”, comenté. Todos nos conocemos desde que éramos bebés. No hay secretos.
Pasé una de las peores noches de mi vida, yendo al baño a cada rato. Necesitaba descansar: al otro día, temprano, nos íbamos con Diego y Nano a Villarreal.
Nos levantamos. Nos bañamos. Nos cambiamos. Fuimos a buscar el auto. Entré. Me senté.
“Qué te pasa?”, me preguntó Diego. “No me puedo sentar bien… me duele”.
No hace falta entrar en detalles. Pasé la tarde de ese domingo de febrero del 2000 buscando una farmacia de turno por Villarreal (o Villa Real, como rezaban algunos carteles) para comprar una crema antihemorroidal. Por suerte la encontré.
Fuimos a la cancha a ver Villarreal-Elche. Terminó el partido. Llevaba casi 12 horas sin comer nada.
“No aprendés más”, me dijo Diego.

En el auto, de vuelta hacia Elche, me comí seis alfajores Havanna…

27/5/08

Juventud


En el 97, con mi amigo Diego decidimos hacer un viaje: Cuba.
Su hermana y mi prima habían viajado el año anterior por Albergues de la Juventud y la habían pasado de pelos: buena onda con los otros viajeros, lindos lugares y alojamientos, y sobre todo libertad para moverse sin un guía que te dice dónde podés pisar y dónde no.
Fuimos con Diego a Albergues de la Juventud, ahí por Constitución, donde funcionaba un hostel. Había buena onda. Había extranjeros jóvenes y adolescentes (se llama “de la Juventud”, era lógico). Era ideal. Contratamos, finalmente, también con Lalo, para cerrar el tridente amistoso de la infancia. Era nuestro primer gran viaje al exterior sin compañía mayor...
Nos citaron para una reunión días antes de viajar, para conocer a los demás integrantes del staff juvenil. Fuimos esperando lo mejor: chicas solas, algún otro vago que nos acompañara en la aventura, más chicas solas. Llegamos. Entramos a una sala y ahí estaban todos: un tipo de unos 27, una pareja de unos 30 años (diez más de los que teníamos entonces), dos chicas solas que rondaban los cuarenta, dos hombres solos que pasaban los cuarenta y… Y Marta. Una SEÑORA con todas las letras que arañaba, o ya había descuartizado, los 80. Nos miramos atónitos, incrédulos, arrepentidos. No entendimos el slogan (de la Juventud). “La juventud pasa por dentro”, me dijeron alguna vez. No, no... No pasa sólo por dentro.
No voy a decir que la pasamos mal, pero sí que faltó “algo”. El otro muchacho, el que rondaba los 27, Darío, terminó uniéndose al trío y todavía hoy lo veo en los cumpleaños de Diego. Al resto sólo en las fotos.
Fuimos a los lugares clásicos, visitamos La Bodeguita del Medio, nos abrimos para visitar una escuela en Pinar del Río y jugar al huevo podrido con los chicos, estuvimos en el carnaval no comercial de La Habana, paseamos por Santiago, caminamos por la plaza de la Revolución, tomamos mojito...
Y pasamos por el hospital: una mañana nos despertamos con la noticia de que a Marta la habían llevado de urgencia por apendicitis y la habían operado. Fuimos a verla. A sus 80 y algo, recién operada, estaba espléndida. Ya caminaba y le estaban por dar el alta. Perdimos unas horas hasta que se reincorporó al grupo, no podíamos irnos sin ella. Sin ella, parece, no éramos Albergues de la Juventud...
Nunca más viajé en grupo contratado. Nunca más tanta juventud.

25/5/08

Son perdedores...

  • Los que hacen la cola del banco desde antes que abra el banco
  • Los que miraron por tele la boda de Wanda Nara y Maxi López
  • Los que leen libros de autoayuda
  • Los que toman el mate dulce
  • Los langas, cancheros y demás animalitos
  • Los que quieren ser famosos como los de Bailando por un sueño
  • Los que miran Bailando por un sueño y comentan cómo bailó el ciego

He dicho.

Yo no me quiero casar... (II)

Después de un par de días de meditarlo con la almohada, decidí qué hacer con la señorita protagonista de un par de post atrás. En realidad, ...